Los Aeropuertos de las Almas. Segunda Parte

Por Ricardo Bada El espectador y Fronterad

Puedes leer también la primera parte de este Relato.

...Porque en todos y cada uno de mis viajes a Venecia, tampoco he dejado nunca de tomar el vaporetto hasta la isla de San Michele, para mis citas póstumas con Ezra Pound e Igor Strawinsky, y con la baronesa Everdina Huberta Douwes Dekker, "esposa fiel, madre heroica y noble, abnegada mujer" a quien está dedicada la primera novela anticolonialista de la historia: la prodigiosa Max Havelaar, del neerlandés Multatuli. Disponiendo de tiempo, es bueno perderlo (quiero decir: ganarlo) en el embarcadero, con el telón de fondo de la Serenísima. Aunque hoy en día suelen usarse más las lanchas automóviles funerarias que la procesión de góndolas, incluso así, presenciar su llegada es una vivencia de las más cinematográficas: un travelling sobre esquíes acuáticos.

Y en Berlín, a un tiro de piedra del Berliner Ensemble, en el apabullante Dorotheen Flug... perdón: Friedhof, yacen per in saecula seculorum Heinrich Mann, Hegel, Bertolt Brecht. Y para compensar, en un camposanto como tantos otros, la última morada de un ángel azul como ninguno: Marlene Dietrich. Recuerdo asimismo de Berlín que a Esther Andradi, la escritora argentina, le debo el descubrimiento de la tumba de Rudi Dutschke, del líder estudiantil alemán de las revueltas del 68. Su tumba se encuentra en un cementerio recoleto, chiquito: en su lápida se lee delante de su nombre el título de DOKTOR, que no sé si a él le habría gustado que se mencionara precisamente ahí.

Y es también a un argentino, al politólogo Osvaldo Bayer, que le adeudo la visión en su salsa del cementerio de la guarnición de Berlín, en el costado norte del aeropuerto de Tempelhof. Es la Estación Término de los grandes hombres de la historia militar prusiana: los Trützschler von Falkenstein, los Stern von Gwiazdowski, los von Wentzky und Petersheyde, los von Zeidlitz, el almirante Eduard von Know (Caballero del Aguila Negra)... El buen Osvaldo vivía cerca y me llevó una mañana a contemplar el espectáculo que él mismo iba a describir luego en una estampa inolvidable: "Al cementerio de los generales prusianos le han quitado un trozo de tierra y la municipalidad berlinesa lo entregó a la comunidad otomana. Ahora está allí el cementerio turco de Berlín. [...] Los muertos turcos van avanzando sobre la tierra de los aristocráticos mariscales. Ya la tumba que mira hacia La Meca del turco Tufanin Ruhima, muerto el 5 de octubre de 1982, está a cinco metros del general Erich Werner August Wilhelm von Livonius. Y siguen avanzando. Son muertos que traen vida: por ese lado el cementerio se puebla los domingos de mujeres con pañuelos en la cabeza y chicos que ríen, lloran y gritan. Es una ofensiva que los generales no esperaban. "La vida no se rinde". Sí que es así, que yo he vivido ese picnic dominical y los he visto, al pequeño Mehmet y al pequeño Alí, jugando al escondite entre los mausoleos de los von Moltke y los Von–loquefueren.

Pero si el viajero ya se encuentra en Berlín, sería además imperdonable que dejase de visitar uno de los cementerios más caros a mi alma. Uno tan, pero tan particular, que está constituido por sólo dos tumbas: las de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel, a orillas del Wannsee, en el lugar mismo que se suicidaron el autor de El cántaro roto y su intrépida compañera de aventura al Más Allá. Una vez más, tener presente la sentencia de Camus: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio". Y la respuesta indirecta en un poema de Fina Marruz: "¡Debe ser una cosa terrible ser Dios! Uno tiembla / de pensar que el que hizo los océanos insondables / se detenga ante la libertad del hombre/[...]Pensad en su poder, y pensad luego / en el don inaudito de nuestra libertad". Me he recitado estos versos calladamente mirando la lápida donde reza (¡reza!) el nombre de Henriette Vogel. La cual como que no hace bulto, discretamente queda casi anónima a la derecha de la del gran romántico. Genio, macho y figura, von Kleist, hasta en la sepultura.

Y Colonia, en Alemania: Südfriedhof, el cementerio del Sur. Un área reservada a los soldados aliados caídos en 1945, durante la toma de la ciudad. La gran cruz abre sus brazos sobre un hemiciclo de pequeñas lápidas blancas verticales, con el nombre y el grado militar y los datos de su unidad. Dije lápidas y blancas, aunque no reina la unanimidad: hay enmedio una cruz color siena. Acerquémonos a verla, vale la pena. Pues todas las lápidas blancas son de soldados ingleses, pero la cruz disidente designa el enterramiento de un voluntario francés que combatió en un regimiento británico. Hasta aquí llega el nacionalismo.

Y a la orilla del mar, en Westerland, en la isla alemana de Sylt, el más estremecedor de los cementerios que conozco: el de los cadáveres inidentificados que las olas del Mar del Norte arrojaron a las costas de la isla. Sobre cada tumba una cruz con el nombre de la playa y la fecha del macabro hallazgo: un memento mori que cancela toda vanidad.

Muy al contrario que la solitaria tumba de Chateaubriand, vista sólo de lejos, y a la que no pude llegar por culpa de la marea alta, enclavada como está en una roca semipeninsular fuera de la rada de Saint Malo.

Y en Huelva, al suroeste de España, su cementerio alberga la tumba del mayor William Martin, el hombre que nunca existió. Un cadáver con documentación confidencial sobre los planes de un falso desembarco aliado en Grecia, llevado en submarino hasta la playa de Punta Umbría por el servicio secreto británico para despistar al Cuartel General del Führer y hacer posibles el Día D y la Hora H en la península de Normandía. A ese cadáver de un civil inglés, los maestros del espionaje le habían inventado una biografía minuciosa de correo militar personal y secreto. Un castillo de naipes que estuvo a punto de venirse abajo con el informe de la autopsia preceptiva en estos casos y practicada en Huelva por el forense de guardia. El doctor Fernández Contioso diagnosticó que el mayor William Martin murió de pulmonía y unos días antes de haberse supuestamente ahogado cuando su avión, también supuestamente, cayó al mar en el golfo de Cádiz. Pero "los planes secretos" que guardaba en su cartera, y que la policía franquista entregó al espionaje nazi, despertaron el entusiasmo estratégico de Hitler, conque no se atendió a pequeñeces tales como el dictamen de un médico de provincias. Menos mal.

Y en Sète, donde llegamos un día de albricias y fuimos al mercado y nos hicimos abrir unas ostras y compramos una botella de vino, blanco (ça va sans dire!), antes de acudir al cementerio marino de Valéry para sorber las ostras y bebernos el vino, aunque no delante de su tumba sino, muy respetuosamente, ante la de William Martin, que es mucho más poeta que el otro, como su compadre, el flamenco Jacques Brel, que supo convertir en música el paisaje: "Couleur de tours, de Bruges a Gand!"...



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